El concilio de Salem: primera parte.



El concilio de Salem


¿Qué harías tú si un día cualquiera, descubres que eres  bruja? Pero no solo eso, sino que tu extravagante madre es una gran bruja a la que muchos veneran.

Yo dije “al diablo con todo” y me fui a la Universidad, lejos de mi madre,  de sus locos amigos, y  de Salem.

¿Les dije que vivíamos en Salem?

Cuando huí tenía dieciocho años.

Todo iba bien hasta  que “eso” se cruzó en mi vida.

Corría y sentía sus pasos alcanzándome. Tiré lo libros al suelo y tomé impulso; el maldito me persiguió más de diez cuadras. Vi una cafetería y rogué por llegar viva. Estaba a punto de cruzar la última calle cuando los pasos se detuvieron.

¡Estúpida! Sí, hice lo que piensan, me giré y en menos de un segundo unas  manos enormes me tomaron. Pataleé y forcejeé, pero fue en vano.

—Samantha ¡ya basta! —cuando oí mi nombre me congelé. Él se movió y quedamos en las sombras —. Destaparé tu boca si no gritas.

— ¿Qué?

—Silencio… lo ves…—él señaló… algo. ¿Qué demonios será eso?, pensé.

—Aún recuerdas la cancioncita que te cantaba tu madre —confundida asentí; mientras aquella cosa olía el suelo.


—Bien, quiero que recuerdes y la cantes para mí.

— ¿Por qué? —  me estremecí;  aquella cosa nos miró.

—Porque lo necesitarás. A la cuenta de tres, corres hasta la esquina, entras a la cafetería y me esperas.

—¿Tú qué harás? — aquella cosa era verde, aunque sus ojos lucían amarillentos, babeaba;  no tenía forma humana.

—Preocúpate por mantener tu trasero a salvo— gruñó y corrió. La bestia lo tenía en la mira y corría hacia él como un perro, usando  manos y  pies, aquello era…— ¡Corre! —mis piernas se activaron y corrí. Sentí una explosión, detuve un poco mi andar cuando entré y fui directo al baño. Me senté en uno de los sucios inodoros, cerré la puerta y me quede allí, temblando. Tan solo oía mi respiración y un tintineo de  gotas  sobre los lavabos metálicos.
Uno, dos, tres… había llegado hasta ciento cincuenta cuando la puerta se abrió de golpe.

— ¿Sammy? — abrí lentamente la puerta.  Salí despacio hasta que lo vi. — ¿Nik…?

—¿Quién más? —respondió con desgano. CzarowNik. Nik. Su nombre polaco hacía justicia a su apariencia. Uno de mis mejores amigos antes de que me fugara,  y mi “ex”.
 Nik estaba apoyado en la puerta cuando salí. Lo miré de pies a cabeza.

— ¿Qué haces aquí?

—Por ahora protegerte y, si tienes decidido esquivar a tu gente, estaré por los  dos días siguientes.

— ¿Por qué? — alguien golpeó la puerta.

    ¡Chicos no pueden entrar juntos al baño, este es un sitio decente!
 Nik sonrió. Sacudió la cabeza y me tomó de la muñeca. Abrió la puerta para enfrentarse a una mujer regordeta que lo miraba en posición de jarra.

 —Este lugar no es para eso— dijo y pegó la vuelta mientras salíamos. Nik dejó unos cuantos dólares en la barra.

— ¿Qué era eso? —dije señalando la calle.

—Créeme no querrás saberlo. ¿Dónde vives?

—En la residencia— dije apuntando en la dirección norte.

— Déjame adivinar… No se permiten chicos, ¿cierto?

—No, Nik, no puedes quedarte conmigo.

—Debo quedarme contigo, son órdenes de tu madre —. Genial, mi madre me había enviado una niñera y como recordatorio de la vida que dejé de lado me enviaba a mi hermoso ex.
Fuimos hasta la residencia universitaria. Era temprano, para un sábado en la noche, así que Tammy, mi compañera de cuarto, no llegaría hasta la mañana; l me daba un margen para pensar: ¿Qué cuernos hacer con Nik? Entramos a hurtadillas a mi cuarto. Cerré la puerta con llave y me senté en la cama, sentía  cansancio en las piernas. Nik bailoteaba por toda mi habitación.

— ¿De verdad? — Él miraba un póster viejo de 'N Sync; era mi banda pop preferida años atrás y había comprado el póster donde Justin Timberlake era el principal. Demonios, ahora que lo pensaba era una versión más baja de Nik —No puedo creerlo—dijo y se echó a mi lado.

—Nik, no puedes quedarte aquí.

—Las órdenes son cuidarte— respondió inmutable.

—Iré por un baño, y no necesito ayuda—  contesté de mala gana.

Esto era un infierno. Había escapado de la magia y los hechizos. Ahora no solo había sido atacada, si no que uno de los mejores aprendices de hechicero estaba tendido en mi cama.
Abrí la ducha y me desvestí; dejé que el agua me aislara del mundo. Pasé diez minutos bañándome, cuando cerré la ducha escuché una risa histérica. Tomé una toalla y me envolví para abrir la puerta.
Gruñí cuando vi a Tammy sentada junto a Nik, enseñándole sus trofeos de porrista. ¡Cómo!... había un hombre en su cuarto y no gritaba. Sin duda Nik tenía encanto.

—Tammy, ¡hola! —grité.

— ¡Hola Sammy! ¿Cómo estás? —¡Demonios! Ella estaba hechizada. Nunca antes le había importado si estaba bien o no. Incluso me sonrió. Él la había hechizado para que no hablara.

—Tammy, por qué no traes…—no se me ocurría nada.

— ¿Me traerías un vaso de agua? Ya sabes, ella no es tan buena anfitriona—le sonrió con malicia y ella se paró, caminó hasta la puerta y nos miró.

—No es bueno maltratar a los invitados —dijo y salió.

— ¡Tú! — le grité — nada de magia aquí, no debiste hacerle eso, puede afectarla. ¿Estás loco? ¿Buscas que te descubran o qué? —Nik no abrió la boca. —¡Al menos di algo! — le espeté.

—Tienes buenas tetas— respondió.   Estaba tan enojada que, sin darme cuenta, mi toalla había caído al suelo. Me agaché con rapidez y me cubrí, ruborizada.

—¡Voy a matarte Nik!

—Sabes que si hubieras usado la magia que llevas en la sangre eso no hubiera ocurrido.

—Sí,  hubiera sido más fácil…

— ¿Qué tiene de malo ser como eres?

—Eso— dije señalando la puerta por donde salió Tammy —, es repugnante ordenar las mentes de las personas. Quiero que en cuanto ella entre le saques el encantamiento ¿oíste?

—Bien, pero debes saber que eso podría costarte la beca que has ganado para Historia.

—No, si te vas —respondí.

—Eso no es negociable— murmuró tendiéndose en mi cama nuevamente.

Regresé al cuarto de baño. Salí vestida. Él seguía en la misma posición;  por lo que pude ver Tammy le había traído el agua y se había marchado.

— ¿Qué era eso que me seguía?

—Un gnomo.

— ¿Cómo un gnomo? ¿Estás loco?

—Te diré algo —se sentó de golpe frente a mí, enfurecido — han pasado más de dos años desde que te fuiste, nunca pensaste en aprender nada de lo que te enseñaron, y me molesta que me critiques después de haber peleado contra él.

Dicho esto buscó una manta y se acomodó sobre el sillón.

Desperté con el sol en mi cara, maldije en silencio mientras me sentaba, miré en dirección a la estela de luz y vi la figura recortada de Nik.

— ¡Demonios! —dije y me desplomé.

—Buen día para ti también.

— ¿Qué, has dormido incómodo?

— ¿Dormir? No, menos con tus ronquidos, pero eso— dijo señalando una esquina—no lo hice yo.

— ¿Qué pasó? — alarmada, vi cosas desperdigadas en el suelo.

—Algo vino por la noche, acompañaba a Tammy. Ella no vio nada, pero él parecía saber muy bien a quién buscaba.

— ¿Otro duende? — pregunte incrédula. Había vivido casi tres años sin ningún altercado más que una novia celosa y las juergas de Tammy ¿Por qué ahora?

—No, era una salamandra, y es hora de que decidas —. No me miró al hablar;  pensé que  debía saber qué era.  Recordé las historias de mi madre; son criaturas horribles, se alimentan del fuego, su elemento. Pero mi madre decía que pocas veces se acercaban a los hombres.

— ¿Decidir qué?

— ¿Qué harás con tu vida? ¿Piensas seguir  como una estudiante normal?

— ¿Y qué si lo hago? — me paré de un salto enfrentándolo.

—Bueno, eso puede seguir así…—él caminó hasta la puerta sacudiendo la cabeza. Eso significaba que había más.

— ¿Por qué ahora?

Él se detuvo con su mano  sobre la manija de la puerta.

—Eso no importa, si has elegido esto, en dos días saldremos de tu vida y podrás seguir. No sabrás nada más de gnomos y salamandras — abrió la puerta y salio. Caí en la cama,  escuchaba el eco de sus palabras…  Corrí a vestirme. Bajé corriendo a la cafetería, pero no estaba allí.

—Vamos piensa, piensa— me golpeé la cabeza. ¿Adónde iría Nik? Dijo que dos días, así que estaría cerca, eran las órdenes de mi madre. Hay un modo, me dije; posé mis manos a ambos lados de mi cabeza y me concentré en Nik. Debía buscarlo. Mi mente estaba en negro hasta que surgió una pequeña luz. Bajé las barreras y la dejé pasar, acudieron imágenes difusas y… allí estaba. Sentado bajo mi ventana, contra el muro, al sol.  Bajé las escaleras corriendo y salí. Él hablaba con un hombre, cuando percibieron mi presencia el hombre dio unos pasos hacia atrás.

— ¿Qué le has hecho? — murmuré entre dientes.

— ¿Ella? —el hombre habló por lo bajo también.

    Sí, es, solo que no lo usa.

El hombre hizo un saludo y se alejó apurado.

— ¿Qué cosa no uso? — pregunté pateándole el pie.

—Tu magia…

— ¿Y como sabía él…?— cerré los ojos con fuerza y me concentré en dejarlo fluir, cuando abrí los ojos lo vi. Camuflado en su traje de estudiante un duende de la tierra se alejaba por la calle.

—¿Lo ves, cierto?

—Lo veo— dije sin pensar.

—Están allí pero no los usas, es un desperdicio.

—¿Él  buscaba matarme?

—No, los duendes no buscan la guerra, son pacifistas—Nik se paró, y me quedé pensando en sus palabras: ¿Una guerra?

—Nik— dije — ¿Quién quiere la guerra? ¿Qué quieres decir cuando hablas de que no los veré más? — él me miró de lado y noté la preocupación en su rostro.

—Vamos por un café.

—¿Me responderás?


—Sí, pero primero tomaremos el café…—volví a caminar cuando noté algo,  por el rabillo del ojo, que captó mi atención.  Entre las ramas de un árbol colgaba una hiedra y vi, por primera vez en mucho tiempo, a la dama verde camuflada tras las hojas. Se cubrió antes que pudiera hablar y corrí hasta alcanzar a Nik.

Continuara.
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