La Sociedad de Asesinos: El comienzo.


Lo prometido es deuda...
Así que dando comienzo al día martes les dejo el Prologo de la historia. Espero que les guste.


La Sociedad de Asesinos


El comienzo


Mientras corría por el bosque, y sus pasos resonaban detrás de mí, no dejaba de maldecirme en silencio por lo estúpida que había sido. Sabía del peligro que significaba haber intentado llegar a pie y sola a este lugar; nunca debí hacerlo, y ese era el mayor de mis problemas. ¡Que estúpida!
¡Que tonta!  De solo pensarlo, la idea de querer arreglármelas por mí solita sonaba absurdo. Si tan solo alguno de ellos me hubiera dicho que esto ocurriría ni lo hubiera intentado. 

¡Odio las predicciones a medias, malditos psíquicos!; si tan solo dijeran las cosas sin acertijos tal vez ahora estaría a salvo. El corazón me martillaba en el pecho con tanta fuerza que me dolían las costillas, mis pulmones quemaban con cada bocanada de aire, pero no podía detenerme, debía encontrarlo. Él tenía que estar por aquí, no podía estar lejos. Si tan solo hubiera escuchado. ¡Perversos psíquicos!, grite inútilmente, otra vez, mientras corría por ese suelo inestable y resbaladizo, intentando saltar y evitar que las raíces que se levantaban de la tierra me hicieran caer. El bosque era demasiado tupido para la bestia que me perseguía, eso me daba una pequeña ventaja, pero solo una muy, muy pequeña ventaja. Podía percibir su respiración apestosa casi sobre mi nuca.

Brinqué contra un árbol, mis pies golpearon el enorme arce derribándolo a mi paso, aquello debía darme unos metros más, lo escuché caer y la bestia gruñó, pero no me detuve a ver si le había dado. Salté sobre una roca, raspando mis manos al impulsarme, y caí con un golpe seco del otro lado. Mis piernas se tensaron,  me levanté como una flecha y volví a correr sintiéndolo a solo unos metros. Estaba más cerca de lo que creía y casi podía sentirlo sobre mí, su aliento fétido golpeaba como un puñetazo mi sensible nariz, sus  garras mugrientas a punto de tomarme para siempre. 


Debía salir de esta, tenía que hacerlo. Había sobrevivido a muchas cosas como para que una bestia como esa me matara. Estaba por desviarme hacia la izquierda, en un intento de buscar un sitio abierto donde pudiera pelear y enfrentarle, cuando los faros de un coche alumbraron a lo lejos la carretera. Lo supe. Las chicas estaban allí. Les grité mentalmente mi ubicación y sus voces resonaron del otro lado del lazo. Mis hermanas habían llegado. Saltando unos arbustos corrí en dirección a la carretera, esquivé unas ramas mientras intentaba no resbalar y oía el golpeteo de las patas de aquel maldito persiguiéndome. El coche se detuvo con un chillido en el asfalto húmedo. Apreté los dientes y me apuré a salir de la maleza.

— ¡Llegan tarde! —grité sin frenar la carrera, mi pecho quemaba por el esfuerzo y la agitación. Si hubiera estado corriendo un maratón seguro habría batido unos cuantos récords.
Carim salió desde atrás del coche, atravesado en la carretera poco transitada de Alaska. En su mano llevaba una ballesta y gracias a la diosa apuntaba detrás de mí, ya que ella nunca erraba a su presa. Eva salió del coche también, la gran Mágnum 44, al viejo estilo de “Harry el sucio”, osciló en su mano antes de que el tiro silbara cerca de mi cabeza. Quise maldecirla, pero no era el momento para cabrearla aún más de lo que estaba. Esa cosa que me seguía gruñó a mis espaldas, y frené de golpe cuando choqué contra el auto. Mi pecho bajaba y subía de forma violenta; cerré los ojos, traté de calmarme absorbiendo la frescura de la chapa fría contra mis mejillas calientes; aquello había sido una gran carrera, y no me giré hasta que sonó otro disparo de la Mágnum plateada y un aullido de dolor cortó el silencio sepulcral de la noche.

— ¿Dónde está? — la voz de Eva sonaba exigente cuando levanté los ojos hacia ella, observándola entre mi cabello revuelto. Si creía que estaba tan solo un poco enojada, con echarle un vistazo a su rostro supe que eso era decir poco. Estaba furiosa, podía percibirlo.
Ella había dicho que esto era una estupidez; Hero opinaba lo mismo, aunque no me esperaba otra cosa de él, y por lo visto ninguno de los dos se había equivocado.

—No esta…—siseé luchando por encontrar mi voz en mi garganta reseca, me agaché junto al guardabarros moviendo lentamente mis músculos agarrotados y tomé una gran bocanada de aire.

—¿Cómo que no está Sal? Dijiste que estaría aquí —.  Me levanté molesta ante el tono de reproche de Carim.

—Lo sé, sé lo que dije, pero no está, simplemente no estaba allí y no hay rastros…—el semblante de mi hermana se suavizó un poco, su expresión mostraba más calma, percibí una oleada de sosiego por el vínculo, parecía entenderlo. Intuí que mis ojos se veían tan tristes como ella se veía ahora.

—Vamos, larguémonos de aquí—dijo y palmeó mi hombro. Eva farfulló algo y subió al coche sin dirigirme otra palabra.

—Nicolás se preguntará dónde estamos, y no creo que Hero ayude con eso —murmuró Eva cuando me miró por el espejo retrovisor. Estaba en lo cierto, Nicolás sabría que no estábamos cerca y sin duda Hero no haría nada para calmar su ira.

—Pronto lloverá— susurró Carim mientras sus ojos se perdían en el horizonte. Me apreté contra el vidrio de la ventanilla, mi aliento empañándolo un poco, levanté mis ojos al cielo, todavía no había nubes, pero pronto se instalarían allí, marcando una visión que había intentado cambiar, pero llegué tarde. Me  prometí llegar antes de que se lo llevaran, antes de la lluvia, y había fallado.

—Vamos Sal —Carim tomó mi mano con dulzura—, lo buscaremos por la noche, pronto amanecerá y muchos verán eso—.  Me giré escudriñando dónde debía estar el cuerpo. Allí en un charco de sangre se hallaba el Majed. ¡Bestia horrorosa!, mitad humano, mitad animal. Una abominación de la naturaleza, como yo,  como mis hermanas, como el mundo en el que vivimos.




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